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Esta mañana, con el sol aún adormecido por el invierno, me levanté con el regusto punzante que deja la calefacción en la parte trasera de la garganta, como si al respirar tragase también un líquido espeso y metálico. No había parado de llover aún y en los bordes de las ventanas se condensaba la humedad tímidamente, delatando la respiración queda del cuarto. La verdad es que mientras escribo sigue lloviendo, van ya casi dos días de agua en serio y esto empieza a parecer una lluvia de verdad, no los estornudos remilgados que suelen darse en Madrid.
Como suelo hacer, para desperezarme, eché un vistazo rápido al teléfono, revisando el correo, borrando los mensajes basura, mirando algún titular del día. Fue entonces cuando me encontré con la noticia de que Fidel había muerto, al principio se me escapó un «no» inútil, pero luego pensé, y lo dije en voz alta como para que no quedara duda «Se acaba de morir el siglo XX».
Mi instinto no supo que hacer, el cuerpo se me quedó fofo mirando al pequeño vacío del cuarto donde combatían la luz fría del cielo gris con el resplandor cálido y pequeño de la lámpara en la mesita de noche. Más tarde, habiendo desayunado y con la ventaja de la soledad, mis pensamientos empezaron a ordenarse lenta y torpemente, con el tenue orden que puede haber tras un cataclismo.
Lo primero que hice fue entrar en el blog de Silvio Rodríguez http://segundacita.blogspot.com.es/ , no creía que hubiera escrito algo tan pronto, pero Silvio es, de alguna manera, la persona más cercana que tengo en Cuba.
«Mis hondas condolencias a sus familiares, al pueblo de Cuba, al Mundo y a todo el Universo por la pérdida de uno de los seres humanos más extraordinarios de todos los tiempos.»
Luego me invadieron, en tropel, decenas o cientos de canciones. En nuestra América lloramos cantando y lo mismo sones que galerones que bagualas, el dolor es una música universal de mis pueblos.
Fidel Castro fue, sin duda, una de las personas más importantes del siglo XX, la última de las grandes figuras, el último de los hombres que se puede decir que moldeó la historia. La modernidad es tremendamente impersonal, hoy en día se reconocen a las corporaciones como personas y se les otorgan derechos humanos que les son arrebatados a los individuos. Fidel en cambio vivió en su tiempo y lo hizo tan suyo que ahora su tiempo muere con él. Con su muerte siento de pronto como si el siglo pasado no hubiera existido, como si yo hubiera nacido en un limbo, un vacío de la historia.
Ya la historia no es obra de los hombres y mujeres que la sufren sino un producto diseñado meticulosamente, empaquetado en colores brillantes y atractivos, que pasa de moda según la temporada. El mundo se sume en su propio detrito, descartado como una lata de refresco vacía, de esas que alguien pone en un contenedor de reciclaje y piensa complacido «Estoy haciendo mi parte».
Este milenio, este siglo, esta década, este año, han ido cauterizando a hierro caliente todas las mutilaciones que nos han hecho a lo largo de cuánto tiempo. Tanto en los centros de poder mundiales como en los países más pequeños, la balanza política se inclina hacia la derecha más perturbadora y si alguien quiere salirse del guion establecido se le mutila o se le aísla hasta que la gangrena obligue a la amputación.
Fidel era el último referente de un tiempo donde los seres humanos tomaron el tiempo en sus manos alfareras, artesanos del futuro.
Me siento asmático, adolorido, febril. En el cuento «Reunión» Julio Cortázar narra en primera persona, como si él mismo fuera el Che (ese hermano que nunca vio), el desembarco del Granma en las costas cubanas, ese gesto casi absurdo que se convirtió en inevitable revolución.
En «Reunión» el Che va siempre a la saga, luchando no solo contra la oscuridad, el agua y el eco de las balas en la noche, sino también contra el asma, la casi certeza del fracaso, la innombrable posibilidad de que Luis (el nombre de encubierto de Fidel) hubiera muerto en el desembarco. No importaba el hambre, no importaba que las balas se hubiesen acabado casi apenas a los pocos días de huir y escurrirse monte adentro, dispersos, ante el tiroteo de los aviones. Lo que importaba realmente es que Luis siguiera vivo, ¿Cómo emprender si no la gigantesca locura de intentar ser libres?
Ahora me siento yo como debió sentirse el Che. Yo que estoy sin hambre, abrigado, infinitamente más cobarde, pero me siento como debió sentirse el Che, ansioso, entumecido, tiritante.
Ali Primera, por quien llevo orgulloso mi segundo nombre, se cuidaba de los funerales, no hablaba de entierros sino de siembras. A Fidel van a cremarle, que para mí es decir lo mismo que harán de su cuerpo un ascua, de su luz un faro, de su calor un crisol.
Ali dice también que los hombres andan florecidos cuando luchan y Fidel Castro, imprescindible, pasó toda su vida luchando.
¿Qué árbol descomunal, qué ceiba de manos, fuego y tempestad ha de nacer hoy, que sembramos la flor más grande de nuestro tiempo?
englerbracho@gmail.com
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