Suicidio colectivo

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Ayer se cumplieron 38 años de una tragedia que nos recuerda adonde puede llegar el hechizo de un líder megalómano y mesiánico

Publicado en: Opinión

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Pocos venezolanos de las nuevas generaciones conocen un episodio apocalíptico ocurrido hace 38 años en la selva de Guyana -aquí cerquita, al lado de Venezuela- en una comunidad fundada por un mesiánico líder religioso nacido en Indianápolis, Estados Unidos: el reverendo Jim Jones, creador del “Templo del Pueblo” en los años 50, que acabó con lo que se recuerda como el mayor suicidio colectivo de la historia.


Ocurrió el 18 de noviembre de 1978, en un poblado bautizado por Jones como “Jonestown”, adonde  el pastor evangélico y unos 900 seguidores norteamericanos se mudaron desde California, EEUU, para materializar la utopía del “paraíso socialista”, un lugar con equidad económica, racial y de nacionalidad, donde se luchara por la justicia y “se deseara un mundo mejor”.


Como todos los grandes dirigentes de masas, Jim Jones poseía un discurso cautivador, al que apelaba para ganar cada día más adeptos.


“Había un canto dentro de las celebraciones del Templo que decía: ‘Nunca escuché hablar a nadie como habla él; desde que nací, nadie me habló de esa manera'», afirmó Hue Fortson, un ex miembro del Templo de Pueblo, en un documental difundido hace 10 años por el canal de televisión estadounidense PBS.


Los discípulos –seducidos por el palabreo de Jones- se incorporaban fascinados a la secta y convencían a otros de hacer lo mismo. Al transcurrir el tiempo, la fascinación de los devotos se transformaba en lealtad, luego en fanatismo y al final, en idolatría.


Y fue así como cientos de ellos, casi el millar, tomaron en 1975 la decisión de dejar todo y marcharse a Sudamérica junto a su adalid. «Jonestown es un lugar dedicado a vivir por el socialismo, por la equidad económica y racial. Estamos viviendo de una forma común increíble», aseguraba Jones, en una grabación obtenida por el FBI, tras el infausto suceso que conmocionó al mundo.


Acostumbrado a manejar todo en su comunidad, a Jones se le subió el poder a la cabeza y sus arengas se tornaron más agresivas y violentas. Veía enemigos y conspiraciones por todos lados (especialmente de la CIA) y a quienes criticaban su modo de hacer las cosas los tildaba de “traidores” y “cerdos capitalistas”.


De esta forma, comenzó a inculcar temor a sus partidarios, asegurando que las amenazas de quienes buscaban destruir su templo eran reales. Fue así como empezó a repetir con más frecuencia la palabra “muerte”, entre otras opciones, tales como “huir a la Unión Soviética, quedarse en Jonestown para luchar contra los invasores, huir hacia la selva o cometer un ‘suicidio revolucionario'», según testimonios suministrados al FBI por los sobrevivientes.


En su paranoia, Jones creó las «noches blancas», en las que se simulaban suicidios con cianuro y otras sustancias. En 1978, las denuncias por supuestos abusos en Jonestown llegaron al Congreso de EEUU y una delegación encabezada por el diputado Leo Ryan viajó a Guyana, acompañada por tres periodistas.


Tras constatar los señalamientos e instar a quienes lo desearan a abandonar la congregación, Ryan emprendió el regreso a Washington, pero fue asesinado a tiros en la selva guyanesa junto a los reporteros que lo acompañaban, por algunos fanáticos de Jones que se habían infiltrado en el grupo.


Ese mismo día- según las grabaciones que quedaron para la posteridad- Jones pronunció su discurso final: “Por el amor a Dios, ha llegado el momento de terminar con esto. Hemos obtenido todo lo que hemos querido de este mundo. Hemos tenido una buena vida y hemos sido amados. Acabemos con esto ya. Acabemos con esta agonía”.


Los colaboradores inmediatos de Jones suministraron dosis de cianuro a los feligreses y se las administraron a los niños.


En total, 918 personas murieron ese día en Jonestown, entre ellos Jones, cuyo cuerpo apareció entre las víctimas con un disparo de escopeta.


Ayer se cumplieron 38 años de esa tragedia, que nos recuerda cómo el hechizo de un líder megalómano, mesiánico y egocéntrico puede impulsar a multitudes a provocar su propia muerte.


La historia está llena de ejemplos similares. Hitler, Mussolini, Mao Tse Tung, Stalin, Pol Pot, Franco, Castro, Hussein, Gaddafi, entre muchos otros, fueron personajes que hechizaron a las masas con sus explosivos y seductores discursos, y las llevaron –a menudo utilizando la violencia- a suicidios socioeconómicos, pérdida de libertades y la muerte de millones de personas.


En Venezuela tenemos un caso que aún está vigente: la irracionalidad y candidez de un país que siguió ciegamente a un mesías vengador al que subió y mantuvo en el poder con los votos durante más de una década -incluyendo al sucesor que designó poco antes de su muerte- para culminar con el suicidio social, político y económico cuyos resultados hoy estamos sufriendo.  

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Etiquetas: Templo del Pueblo, Fanatismo, Sectas religiosas

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