Irreverencias

0
122

[ad_1]

Si construyéramos un dossier acerca de las características fundamentales del ser humano, probablemente nos tropezaríamos en forma reiterada con la irreverencia como la más común de nuestras inclinaciones. La falta de respeto a la norma, costumbre o forma estatuída es al parecer la más apetecible conducta que asumimos a lo largo o corto de nuestra existencia. Se puede haber vivido extensamente, sin un ápice de irreverencia y al final percatarse que se ha perdido un tiempo valiosísimo al conocer tan solo lo que la sociedad le dictó como bueno o malo.

Adán y Eva dieron el gran salto en el Génesis, quizás el más conocido acto de irreverencia, al consumir el fruto del bien y del mal (no se a quien se le ocurrió que era una manzana). Y a pesar de que luego tuvo que vivir o sobrevivir fuera del paraíso como castigo; sin duda lo peor que le hizo Jehová, fue ocultar y proteger el otro árbol, por lo general olvidado, ya que había dos matas en el Jardín del Paraíso con prohibiciones expresas: el Árbol del Bien y del Mal, y el Árbol de la Vida, ahora ubicado en el oriente del paraíso, resguardado por ángeles con espadas de fuego para evitar que allí lleguemos sin el debido cumplimiento a lo establecido en el pacto.

La metáfora griega de este acto irreverente es sin duda Prometeo, ser mitológico cuya condescendencia con el hombre (y la mujer, claro), lo llevó a obsequiarle el fuego. A partir de ese momento, que algunos interpretan como la entrega del conocimiento, y otros el discernir, luego, como ya dijimos, abordado en el Pentateuco por Moisés; (que no son más que los primeros cinco libros del Viejo Testamento); el hombre comenzó a jugar a ser Dios. Por su irreverencia, Prometeo fue atado al Cáucaso, según la mitología griega uno de los pilares del mundo; donde es visitado diaria y eternamente por unas águilas que le devoran el hígado, el cual se le regenera cada noche.

Esta conducta ha sido interpretada a través de la historia desde muchísimos ángulos. Así hablaba Zarathustra, de Friedrich Nietzche, que lo llevó a estar mas allá del bien y de mal, es una de las más directas irreverencias respecto de las teorías teológicas acerca de la creación. Probablemente cuando Zarathustra cuestiona al sabio reservadamente, diciendo para sí: «…pobre…no sabe que dios ha muerto ! «; es consecuencia directa del libre albedrío, de haber comido de esta metáfora convertida en fruto o en fuego. Es más, cuando parecía que ya las ovejas cesaban de bramar ante el dolor ocasionado por su decir maldito, osó continuar, y hurgó en la herida, manifestando: » …todavía hiede ! » . Fue Nietzche quien concibió el nacimiento del nuevo hombre, un ser superior que rompe los esquemas preestablecidos por la civilización y que en su máxima medida nos coloca mucho más allá de la mediocridad que involucra la hipocresía de autodenominarnos «buenos» siendo humanos cubiertos de profundas inclinaciones viscerales.

A nuestro modo de ver fueron Lou Salomé y Paul Ree sus musas, que en conjunto hacen su super hombre, siendo dos. Le debemos a la directora cinematográfica italiana Liliana Cavani la biografía de Nietzche en el denominado séptimo arte. Su película «Mas allá del bien y del mal» (Al di la del bene e del male), de 1977, es un buen acercamiento y apología de nuestros dichos. Se puede vivir muy cortamente pero haber bebido y probado lo prohibido, lo que indefectiblemente nos llevará a una vida enriquecida o miserable, dualidad ineluctable dentro de la asunción particular de cada dialéctica.

Luego de que Charles Darwin planteó su teoría sobre la evolución y el origen de las especies, hubo nuevos tratadistas que continuaron desarrollando y explorando el universo aperturado por el naturalista británico. Desmond Morris es uno de ellos. También de origen británico, publicó una obra por allá en 1967 denominada «El mono desnudo» (The Naked Ape); donde, entre otras cosas, planteaba que dentro del ser humano se desarrollan dos aptitudes que en mayor o menor medida nos signan en la búsqueda del conocimiento: la neofobia (miedo a lo nuevo) y la neofilia (amor por lo nuevo).

Un ser cuya conducta haya sido mutilada por una educación que conlleve la generación de un gran temor por conocer lo nuevo, seguramente no se adentrará en la búsqueda de un conocimiento profundo de lo que lo rodea, social o naturalmente. Por el contrario, un neofílico, no descansará en su incesante búsqueda por respuestas que quizás nunca logre saciar, llevándolo a la permanente ruptura con dogmas y paradigmas, consecuencialmente moviendo las cimientes sociales, morales y científicas de su entorno. Fue la neofilia la que llevó a Nicolás Copérnico a ir en contra del paradigma heliocéntrico de los griegos, que establecía que nuestro planeta era el centro del universo. Nuestro sistema gira circularmente en torno al sol, dijo irreverente Copérnico. Luego vendrían Johannes Kepler y Galileo Galilei a establecer que todo gira en torno a todo, pero elípticamente, porque no existen círculos perfectos, estamos dentro de la gran elipse, lo que llevó a Galileo a ser perseguido y juzgado por la inquisición.

La irreverencia llega al colmo cuando se convierte en un acontecimiento poético. Charles Baudelaire, como le hemos denominado, (desconocemos si en plagio involuntario), el jardinero de » Las Flores del Mal «, hizo esto con su cortante belleza creativa: » Un ángel furioso, como un águila fiero, coge por los cabellos al incrédulo y grita valiente : » ¡ acatarás la ley de Dios bendita ! «…sic…Y el ángel, que es verdugo ¡ gran Dios ! , porque es amante, tortura al condenado con puño de gigante: el réprobo contesta sin vacilar: «No quiero». Podríamos concluir que muy probablemente las cosas prohibidas, son las más atractivas, pero es que también lo que más se nos ha escondido es lo que indefectiblemente conlleva el fin del paradigma.

[ad_2]

Fuente