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Un proceso de negociación constituye una de las experiencias más desgastantes o más enriquecedoras para quienes participan como parte. Que prevalezca una experiencia sobre la otra depende en mucho del grado de conciencia con el cual los negociadores aborden los obstáculos previstos, pero también de la previsibilidad y entereza con las que afronten las sorpresas y las paradojas, inevitables en batallas de esta naturaleza.
En contraste con lo incierto de los resultados que podrían lograrse y que representan el objetivo a perseguir, los negociadores deben saber que cuentan, durante todo el proceso, con algo seguro e ineludible: el ejercicio activo, incisivo y constante en su contra, de la impaciencia, la desconfianza, la descalificación y hasta el sabotaje de su gestión, por parte de una porción, a lo mejor no mayoritaria, pero sí muy ruidosa, de sus propios representados, abstracción hecha de la buena o mala fe que los inspire, ya que este asunto termina siendo irrelevante.
Los negociadores deben prepararse, entonces, para manejar dos frentes: el formal, que corresponde al adversario conocido de quien, lógicamente, se esperan -y el objetivo es modificarlas- posiciones duras e inflexibles, y el otro frente, inesperado y paradójico, conformado por aliados naturales, por quienes persiguen los mismos fines o serían los mayores beneficiarios de los logros alcanzados, en caso de que éstos arriben finalmente. El frente de los aliados ha encontrado una trinchera cómoda y segura en las redes sociales, que representan el balance perfecto entre voz amplificada y riesgos inexistentes (no olvidemos que los ataques al régimen son los que acarrean peligros). El alcance de éstas, que permite escudriñar hasta en el más mínimo gesto, actitud o expresión -a veces fuera de contexto- y magnifica todo, lo bueno y lo malo, alimenta a veces la hipersensibilidad, la paranoia y la polarización, cuya existencia -perfectamente legítima- comienza a ser peligrosa cuando sustituye la inteligencia, el aplomo y la astucia, necesarias para aprovechar oportunidades que bajo condiciones emocionales inadecuadas son imposibles incluso de identificar.
El referente de una negociación exitosa más elogiado en el mundo es el proceso liderado por Nelson Mandela en Sudáfrica. Fue un diálogo difícil y tortuoso, que comenzó a mediados de los años 80, mientras él estaba recluido -de modo que al evaluar si había condiciones para iniciar un diálogo, es obvio que no las había- y donde el preso más bien aprovecha la celda de aislamiento para protegerse de la mirada intolerante de sus propios partidarios, negados a conversar con un régimen nefasto, causante de todos sus males. Mandela retoma cuando puede las conversaciones, hechas trizas durante varios años por las rivalidades y divisiones de sus aliados naturales; y a partir de su liberación, en 1990, se empeña en neutralizar los radicalismos de lado y lado mediante una astuta y serena táctica destinada a identificar los rasgos de humanidad de la población que representaba al enemigo y a reconocer los excesos y errores cometidos por su propio bando. Mandela demostró conocimiento de la idiosincrasia y de los valores de sus adversarios, así como respeto -a pesar de que no fuesen dignos de él- aunque claramente les manifestara su absoluto desacuerdo. De hecho, les hablaba en su propia lengua, que dominaba completamente. En la Venezuela de hoy no tengo dudas de que si Nelson Mandela hubiese actuado de manera idéntica a como lo hizo en su momento, habría fracasado estrepitosamente y que los epítetos más leves que estaría recibiendo por las redes sociales serían los de imbécil e ingenuo.
Es obvio que cada época y cada circunstancia tiene su dinámica y quien emprende hoy una negociación de la cual depende la viabilidad futura del país debe estar consciente de que el grado de empoderamiento que cualquier ciudadano tiene a través de las nuevas herramientas virtuales no siempre responde a su interés directo, su conocimiento del área de la que opina o a buenas intenciones. Y aunque hay personas y sectores que son dolientes genuinos de muchos temas y tienen todo el derecho de conocer e intentar influir en el curso de las negociaciones, a veces tienen intereses contrapuestos entre sí. Para una madre con un hijo preso por este régimen, a lo mejor es más importante la libertad inmediata de su hijo que el hecho de que su detención sea calificada como política; para otra madre, a lo mejor es un punto de honor no sacrificar jamás ese calificativo y asumir el sacrificio de que su hijo salga en libertad más adelante, cuando este régimen cese completamente en su ejercicio. Para ciertas mentes prácticas, Giordano Bruno no fue un héroe, sino un tonto por preferir la muerte en la hoguera antes de retractarse de sus ideas en relación con la creación del universo; para ciertos idealistas, Galileo Galilei fue un traidor a sus principios por aceptar el discurso del poder para salvar su vida (aunque quedó sometido a arresto domiciliario perpetuo) y así proseguir con sus observaciones e investigaciones. Ambos tienen un puesto importante en la historia.
Las críticas serias, fundadas y responsables enriquecen una posición negociadora y fortalecen la unidad. No son difíciles de identificar.
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