Cuando conocí a Fidel Castro Ruz; por Teo Castro

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Así como lo trato de resumir en esta secuencia de fotos que publiqué en el 2011, mi experiencia en Cuba, tuvo mucho que ver con Fidel Castro. Cosas de la vida, pues como explico, nunca tuve la más remota idea que tendría tantas vivencias al lograr mi meta de entrar en la televisión.

Llegué a Cuba de la mano de mi amada Isa Dobles, a quien le debo muuucho de lo que soy, por allá en el año 1989, Isa estuvo muy cercana a Fidel Castro. En ese entonces Carlos Andrés Pérez era el Presidente de la República y nosotros trabajábamos en Venezolana de Televisión en el programa Nosotros Venezuela. Hubo varias invitaciones desde la Habana para Isa, y a través del programa se mostraban cosas de Cuba, de Fidel. Nunca se dijo, pero a voces se conoció en ese momento que Carlos Andrés Pérez mandó a suspender el programa de Isa Dobles, debido a esta amistad, a esta promoción que Fidel estaba consiguiendo a través del programa. Acto seguido, Fidel Castro mandó a ofrecer al equipo de producción la oportunidad de compartir experiencia con gente de la Escuela de San Antonio de los baños y con el ICRT la Televisión de Cuba.

Sólo Isa más dos del equipo partimos, yo apenas cercano a los 20 años no tenía consciencia absoluta sobre lo que vivía, para ese entonces sólo tenía la referencia que un muchacho de las montañas andinas pudiese interesarle de un lugar y un personaje tan ajeno y lejano. Sin embargo, el destino me llevó a estar frente a este hombre, muy alto, imponente y siempre trajeado de militar. Iba con frecuencia a cenar en nuestra casa en La Habana, con largas horas de charlas en grupo. Charlas en las que yo era un simple espectador sentado, callado, el muchacho de la mesa. Hablaban mucho de medicina, de avances e investigaciones que se hacían en la isla, recuerdo que estudiaban sobre un medicamento para la memoria y celebraban el éxito de intervenciones en traumatología.

No se dejaba ver en esa sobremesa nada de lo que había sido Fidel, ya para ese entonces se celebraban 30 años de la revolución, esa palabra y concepto que jamás pensé que lo tendría que palpar y padecer tanto como lo estaban viviendo los cubanos. Todo, pensaba entonces, era tan ajeno, tan distinto a nosotros. Sin embargo, en aquella mesa, yo sólo compartía con un hombre que decía “yo estoy sembrando boniato” y entonces mandaba a alguien a las 10:00pm a que fuera a su huerto y trajera a la mesa donde estábamos una muestra de lo que él estaba sembrando.

Recuerdo que yo siempre pensando en lo que me apasionaba “la televisión”, mientras en la mesa Fidel e Isa hablaban con algunos invitados a veces, otras sólo para los más íntimos del momento; Isa con uno de sus hijos, el actor Daniel Lugo quien participaba en el programa que hacíamos para la TV Cubana entre otros. Yo me abstraía pensando en lo que como asistente de Isa tenía que tener resuelto desde las 5:00am para la grabación que teníamos pautada y pendiente del reloj porque la cena había comenzado a las 10:00pm y ya era la 1:00am y aún la charla estaba viva. Sin poderme levantar de la mesa, sin saber qué opinar, ante gente que conocía de tantas cosas que hacían destacar mi ignorancia para ese momento de las cosas de la vida y de mi instrucción.

Cuando despertaba en las mañanas, el chofer nos esperaba, yo siempre estaba pendiente para ver si coincidía con Pablo Milanés, era uno de los vecinos de donde estábamos hospedados. Lo único que hice en ese periodo fue trabajar para la televisión, grabar, producir, grabar y aprender, escuchar y conocer de cerca a gente que lloraba por no poder celebrar la navidad o que anhelaba tener la oportunidad de comprarse una prenda de vestir nueva, más allá de la permitida en la libreta, pero claro para eso el dinero no les alcanzaba.

Pasó el tiempo, concluí mi estadía en La Habana varios meses después y cuando me monté en el avión, pasó algo que no me esperaba. Primero que mi compañero de asiento era nada más y nada menos que Gabriel García Márquez y segundo que un integrante del equipo que me acompañó en cada paso que daba en la isla, subió al avión con un obsequio que tenía unos cuantos discos de artistas cubanos, un cinturón de piel de culebra y un sobre que decía para Teo, con una tarjeta de Fidel Castro Ruz despidiéndome.

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