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Las revoluciones, por definición, son transiciones rápidas de un orden establecido a otro, totalmente diferente del anterior. Por lo menos es así en política, porque, por ejemplo, la Revolución Industrial (de índole económica), tomó más o menos un siglo en completarse. Por lo tanto, estos procesos de cambio implican muchas cosas nuevas: leyes, instituciones, y, sin lo cual las dos anteriores no existirían, hombres. Todas las revoluciones, se supone, gestan y dan a luz a hombres nuevos. La autodenominada “bolivariana” no puede ser la excepción.
En efecto, al chavismo le gusta hablar del “hombre nuevo” que ha venido formándose desde aquella sacralizada fecha de 1999 en la que el líder supremo juró sobre la moribunda Constitución. Ello es una manifestación importante de la ingesta de agua proveniente de una de las muchas fuentes de las que bebió: Ernesto “Che” Guevara (la mayoría de esos vitales líquidos consumidos por los rojos rojitos, a juicio al menos de quien escribe, es de una calidad inferior a la del Guaire que Chávez y Jacqueline Faría nunca lavaron).
Según el “guerrillero heroico” inmortalizado en acetato de celulosa por Korda, el hombre nuevo es ese ser que ha logrado eliminar cualquier interés por el bienestar individual, el egoísmo propio de los capitalistas malvados, para abrazar un altruismo puro, la única preocupación por la prosperidad del colectiva. Palabras más, palabras menos, ¿no es ese el sujeto ideal que desde Miraflores claman sin parar que se está realizando gracias a las luces que en 17 años han echado en las conciencias de la gente?
Hagamos aquí un paréntesis en pos del correcto léxico revolucionario. Al parecer hasta el tan idolatrado Che tenía una que otra mácula del pensamiento “burgués parasitario, neoliberal fascista (¿?) y, por lo tanto, profundamente machista”. Solo así se puede explicar que haya excluido a la mujer de su concepto, aunque sea solo de forma discursiva. Por eso, nuestros ilustrados revolucionarios han sido lo suficientemente avanzados como para presentarnos al “hombre y mujer nuevos”. Sin embargo, en aras de la economía textual tan sacrificada por la neolengua (piensen en todo el papel de más gastado colectivamente por las miles de ediciones de la Constitución debido al “ministro o ministra” y casos similares, y luego pregunten por el “ecosocialismo”), podemos referirnos al sujeto nuevo con un latinismo derivado de la taxonomía del ser humano y que, por tanto, no discrimina sexualmente: Homo novus. Así pues, como buenos Linneos del socialismo del siglo XXI, procedamos a describir esta forma (r)evolucionada del simio erguido.
El Homo novus de la patria, y esto es algo que demuestra cuánto ha cambiado con respecto a su primitivo predecesor, desafía las nociones del humano como animal social que han existido al menos desde Aristóteles. Por el contrario, parece estar constantemente inmerso en conductas antisociales, de lucha elemental contra el prójimo, suerte de ley de la selva, de “todos contra todos”. ¿La evidencia? Riñas por pañales, toallas sanitarias y otros productos, que las más de las veces no han pasado de golpes, pero que en ocasiones han terminado en tragedia. Otra: el caos en calles, avenidas y autopistas producto de motorizados que se desplazan entre los canales de legítimos, los conductores de carros que usan el hombrillo para evitar las colas (lo que, debido a un efecto embudo, genera más cola) y transportistas que detienen sus unidades donde les dé la gana para recoger o dejar pasajeros; un frenesí de cada persona tras un volante para que se haga su voluntad sobre ruedas, sin importar ninguna de las normas de tránsito diseñadas para beneficiar al mayor número de ciudadanos posible.
El Homo novus de la patria a veces siente una urgencia tal por satisfacer sus necesidades más básicas, que se olvida por completo de las reglas de convivencia cuando, por ejemplo, saquea expendios de alimentos o camiones cargados con los mismos. Para que los justificadores de estos actos no nos tilden de desvergonzados que se lamentan por las violaciones a la propiedad privada mientras hay hambre, consideremos que tales incidentes aumentan las probabilidades de que los distribuidores afectados se vayan a la ruina, lo que puede implicar que el producto obtenido por la fuerza hoy, ni así será conseguido mañana.
El Homo novus de la patria, incluso si tiene un título universitario en mano, prefiere no ejercer ningún oficio registrado ante el Estado. Por el contrario, ve mucho más rentable para sí incorporarse a la economía informal. Esa economía que está libre de los controles gubernamentales que tanto lo “protegen”. Esa economía que le permite fijar precios según las execradas leyes del libre mercado, cuya inherente perversión, según el discurso chavista, el Homo novus ha finalmente reconocido. La alternativa es devengar un salario reducido a polvo cósmico, muy a pesar de la defensa de los sueldos que está en la base de la lucha de clases visualizada por Marx y sus supuestos estudiosos en Venezuela.
El Homo novus de la patria, uno más en una jungla llena de peligros, vive atemorizado, a veces paranoico, y hasta las señales de peligro que no son consideradas como tales en cualquier otro ambiente (como el rugido de una motocicleta que aumenta en decibeles a medida que el vehículo se aproxima desde atrás), lo pone en estado de alerta. Resulta que una minoría de especímenes pasa su vida planeando y ejecutando las acciones más diabólicas que se pueda imaginar con miras a explotar para su beneficio a una mayoría que ve como si perteneciera a otra especie, desprovista incluso del derecho a la vida. Para estos depredadores, sus víctimas han de ser algo así como Homo hydrochoerus (este último término es el nombre científico del roedor al que llamamos coloquialmente “chigüire”).
Una subespecie muy, muy peculiar del Homo novus de la patria puede ser acusada en otras latitudes de traficar sustancias ilícitas. Lo que la distingue de otros en esta situación es que sus vínculos con los individuos alfa conllevan ciertos privilegios. Así, por ejemplo, un empresario sin relaciones directas con ella pero muy afín a sus poderosos parientes decide que es “patriótico” gastar cifras exorbitantes en dólares para su defensa. Mientras, para el común denominador del Homo novus dentro de su propio hábitat es perfectamente posible pasar años en una cárcel que hace parecer a la de sus pares encerrados en el norte un paraíso, sin juicio y por la acusación de un anónimo.
Para el propio Che este hombre nuevo generado por el chavismo debería ser una gran decepción, aunque él mismo en su tiempo pudo ver cómo su idea no se materializó. En la primera mitad de los años 60, fue el conductor indiscutible de la economía cubana como ministro de Industrias y de Finanzas, así como director del Banco Central de la isla. Desde estas posiciones intentó que su hombre nuevo se apoderara de todas las fuerzas productivas. Bajo sus órdenes se crearon ligas de obreros, de campesinos, de jóvenes, de mujeres, etc. con la misión de desarrollar una sociedad autárquica o, como es más popular para los discípulos del modelo llamarla hoy, “soberana”. La gasolina para este motor colectivo debía ser una voluntad de trabajar sin cansancio con el único objetivo del bien común, aunque ello implicara los mayores sacrificios para el sujeto.
Los resultados fueron negativos. La productividad en buena parte de la economía cubana decreció, y el número de cubanos que asumió el papel de trabajador a tiempo completo por la causa revolucionaria fue mucho menor al esperado. Quién sabe si para su camarada Fidel Castro no fue un alivio que Guevara abandonara sus cargos burocráticos en Cuba para exportar el comunismo mediante el fusil en el Congo y Bolivia. Claro, económicamente hablando a la isla tampoco le fue bien luego de la partida del Che.
A los marxistas ortodoxos les gusta llamarse “científicos” para distinguirse de los socialistas “utópicos” como Saint-Simon y Owen. Pero la verdad es que pocas cosas son más utópicas que el hombre nuevo guevarista o chavista. La renuncia a todo beneficio individual es contraria a la naturaleza humana, por más que algunos proclamen lo contrario. Una sociedad de hombres capaces de todo por la colectividad más bien parece una colonia de hormigas. Más sano es un equilibrio entre las ambiciones personales y la labor por el otro.
Cierro expresando mi convicción de que si los venezolanos nos hemos vuelto de una u otra forma Homo novus por nuestros errores y sus consecuencias encarnadas en este gobierno, también somos capaces de aprender la lección y de desarrollarnos como los Homo sapiens que nunca dejamos de ser. Ese día no seremos hombres y mujeres nuevos, sino sencillamente hombres y mujeres, con toda la belleza que esta expresión sin adjetivos entraña.
PS: El 27 de noviembre este espacio de opinión cumplirá un año desde su primera edición. Como es semanal, la presente puede considerarse de aniversario. Por ello, quisiera aprovechar para agradecer encarecidamente al equipo de Runrunes por permitirme publicar en su excelente portal informativo. También a todo aquel que haya dedicado parte de su tiempo a leer la columna, aunque haya sido solo una vez, sobre todo si acompañó la lectura con comentarios amables o críticas constructivas. A todos, mil gracias.
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