El altar de un alma en pena que murió en la Masacre de Cariaco

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Al joven Jackson Rodríguez lo asesinaron con un balazo en la cabeza, junto a seis de sus familiares, diez minutos luego de salir de su vivienda en el barrio El Porvenir. Horas antes esperaba por el pago del trabajo que desempeñaba como picador de sardina en el poblado de Guaca, a cuarenta kilómetros de Cariaco

Los familiares colocaron un pequeño altar con las cosas que más le gustaban en vida | Foto: Nayrobis Rodríguez

Por: Nayrobis Rodríguez l El Pitazo – Sucre

Cumaná.- Puedo contar las últimas seis horas de vida de Jackson Rodríguez, el menor de las víctimas de la Masacre de Cariaco y a quien su familia le colocó un pequeño altar en su velatorio, con las cosas que más le gustaban en vida, porque dicen que después de su asesinato su alma está vagando en El Provenir, una barriada periférica en la que creció y murió de un balazo en la cabeza junto a seis miembros de su familia, la noche del viernes 11 de noviembre.

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Al entrar a la sala de su casa, una vivienda color verde ubicada en lo alto de un pequeño cerro, solo puedes fijar la vista en el altar. Entre las flores rojas, dos fotos de la víctima, una en la navidad del 2008 y la otra en su graduación de primaria, está una mesita de madera con un plato de metal y un velón morado encendido, las colillas de dos cigarros consumidos, dos vasos pequeños de plásticos (uno con café y otro con ron), un cambur y un vaso de vidrio lleno de agua. Eran las cosas que más le gustaban en vida, dijo su hermana mayor, Orlaysi Rodríguez.

“El cigarro porque empezó a fumar hace un año y el cafecito de las mañanas, el traguito de ron que se tomaba los viernes o sábados con sus primos frente a la casa, el cambur que se comía cuando tenía hambre y el agua porque anoche su tío Chicho escuchó que lo llamaba, y Jakcson iba siempre a su casa a buscar agua cuando no había aquí, por eso sabemos que tiene sed”, dijo Orlaysi, rodeada por dos niños entre 8 y 12 años, sus hermanos menores.

Jackson, de veinte años, fue el primero de los siete Rodríguez en recibir un balazo en la cabeza a las 10:30 p.m. Diez minutos antes salió de su vivienda, caminó 100 metros para reunirse con parte de su familia, tíos y primos que estaban sentados en la acera de la vivienda de su tío Luis José y su primo Luis Bernardino. Lo acompañaba su primo José Rafael, quien estuvo con él desde las 4:00 p.m. frente a la Escuela Básica Agua Santa, lugar y hora en la que empezó a esperar el pago semanal de la pesquera. Él, su hermano mayor y su madre, Maribel de Rodríguez, trabajaban como picadores de sardina en una pequeña empresa en Guaca, a 40 minutos de Cariaco.

A las seis y media de la tarde la mujer encargada de llevar los pagos no llegaba y el hambre pudo más que la espera. Jackson caminó con su primo y llegó a su vivienda, comió y se fue a su habitación, un recinto con cortinas, una cama y poco mobiliario que quedaba en la sala. En la entrada, sentado en el mueble principal lo esperaba José Rafael. “Mi hijo estaba preocupado porque no había podido hablar con su novia y quería llamarla por teléfono, pero las líneas de los celulares estaban caídas y el teléfono no agarraba la tarjeta del saldo. No hablaba con su novia desde el día anterior pero le dije que no se preocupara, que ya resolveremos”, relató su madre.

Poco tiempo después llegó el esposo de su hermana, quien cargaba un teléfono inteligente y con saldo. “Le pidió el teléfono a su cuñado pero este no se lo prestó, le dijo que se lo podía romper”, relató su hermana. Su primo le dijo que lo acompañara a la esquina y que se regresara. Me dijo: “Mami ya vengo. Solía echarme broma y me dijo que si no venía hoy llegaba mañana, se devolvió y me pidió que le prendiera la luz del porche, todo estaba oscuro y eso le angustiaba, le encendí la luz y se fue, no volví a escucharlo”.

Él se reunió con 11 de los Rodríguez, sentados en la acera de la casa de Luis José, mientras cuatro de ellos también esperaban pago de la pesquera y el resto llegaba del bar del pueblo. Todos allí vieron pasar hacia San Pedrito, una zona agrícola situada a cuatro cuadras de la calle Bella Vista, a una patrulla policial seguida de un vehículo modelo Aveo color gris. Tres fueron los disparos que escucharon poco después de las diez de la noche, en ese momento no se enteraron que habían asesinado a Luis y a Carlos Arias Cabello, las dos primeras víctimas de la masacre.

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A los disparos no le paramos, pensamos que era normal porque se corrió el rumor de que recogerían a los malandros que nos tienen azotados en el pueblo“, dijo Leonardo, un tío que se alejó del lugar hacia una vivienda vecina donde celebraban un matrimonio.

Poco tiempo pasó después de los tres disparos, el carro gris se estacionó frente a la vivienda de los Rodríguez. Del vehículo se bajaron seis jóvenes, entre 18 y 25 años, vestidos con bermudas, franelas, gorras y portaban armas de alto calibre, apuntaron a los 12 hombres y les dijeron que se arrodillaran. “Jackson creyó que eran policías y de inmediato sacó su cédula, les dijo que los revisara, que no eran malandros y uno de ellos le disparó en la cabeza”, relató su primo Andrés Rodríguez.

Uno tras otro, los siete recibieron balazos en la cabeza. Luis José y su hijo Luis Bernardino, los hermanos Javier Jesús y Jesús Rafael, el primo Miguel Acosta y el amigo Eduardo Vallejo. Solo dos de los que estaban en el sitio se salvaron de morir, José Rafael y Ramiro, quien tuvo intento de asfixia porque los victimarios lo agarraron por el cuello y lo golpearon.

Maribel de Rodríguez, su hijo mayor y su hija Orlaysi, escucharon las detonaciones mientras veían el béisbol nacional por televisión, pensaron que eran cohetes pero los gritos los hicieron salir de su vivienda para socorrer a las víctimas. La falta de ambulancias y de ayuda para trasladarlos, hizo que los cuerpos apilados unos encima de otros permanecieran hasta las diez de la mañana del día siguiente en la acera, entre el charco de sangre y los restos de masa encefálica en las paredes. Una patrulla policial pasó poco después de la masacre, dijo Maribel, pero no ayudaron para trasladar a los cuerpos.

“Eran muchachos tranquilos, yo fui maestra de Jackson y de tres de sus primos, los vimos nacer y crecer y no encontramos explicación a todo esto”, comentó la docente Ana Pérez, cuatro días después del homicidio múltiple, quien declaró desde el porche de la casa y cerca del pequeño altar, ella y otras mujeres visitaban a los Rodríguez. “Es primera vez que vemos un hecho tan feo en la comunidad”, agregó la maestra Mercedes Zurita.

Maestras y vecinos afirmaron que es la primera vez que ocurre un homicidio múltiple en la comunidad | Foto: Nayrobis Rodríguez

Maestras y vecinos afirmaron que es la primera vez que ocurre un homicidio múltiple en la comunidad | Foto: Nayrobis Rodríguez

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La familia ha escuchado la voz de Jackson en algunos lugares de El Porvenir, dicen que su alma anda intranquila. El joven murió el día en el que su único sobrino cumplía 11 meses de nacido, esperaba destinar parte del dinero que recibía como picador de sardinas para la fiesta del primer año del bebé. Su papá, Orlando, un minero que labora en Tumeremo, estado Bolívar, no pudo despedirse de él ni siquiera en el sepelio colectivo que organizaron en Cariaco. “Le dije que no saliera de la casa, porque todo está muy peligroso. Este dolor que tenemos de perder a un hijo y de esta forma, no lo aliviará nadie”, dijo el hombre mirando hacia el altar con fotos viejas de su hijo.

Orlando Rodríguez mirando hacia el altar de su hijo Jackson Rodríguez | Foto: Nayrobis Rodríguez

Orlando Rodríguez mirando hacia el altar de su hijo Jackson Rodríguez | Foto: Nayrobis Rodríguez

 Los padres de Jackson realizaron el velatorio dentro de su vivienda | Foto: Nayrobis Rodríguez

Los padres de Jackson realizaron el velatorio dentro de su vivienda | Foto: Nayrobis Rodríguez

 

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