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Lysaura Fuentes.- Aquél domingo 13 de noviembre a las 12 del mediodía José Gregorio Álvarez, de 47 años de edad, no se imaginaba que iba a acabar tirado en el pavimento llenó de sangre y con sus huesos partidos en cuatro pedazos. Buscaba una salida, alguien a quien pudiera gritarle o decirle el horror que estaba viviendo.
Su vida acabó como nadie hubiese querido acabar, sin poder despedirse de su madre, solo rodeado de unos buenos samaritanos que lo llevaron al Hospital Miguel Pérez Carreño, donde dio su último aliento.
José Gregorio no soportaba el hambre que tenía ni las torturas que vivía a diario. Se sentía en la peste, en la inmundicia dentro de su propio hogar, situado en el edificio 21 de julio, en la Cota 905, por ello, ese domingo decidió escapar de sus verdugos saliendo por la ventana de su apartamento en el piso 6 para llegar al piso 4, pero algo salió mal, se resbaló y cayó al vacio.
Dejó de sentir dolor, felicidad o tristeza. Ahora está en otro plano, camino a la libertad que no pudo tener en vida.
Los verdugos de José Gregorio
Álvarez no deseaba morir de esa manera pero no le dejaron más opción. Meses atrás se encontraba solo en su hogar, ya que su madre, quien vivía con él, se fue al apartamento de su hermana en Ciudad Mariche para ayudarle por sufrir de cáncer y Zika, cuando tocaron a la puerta una pareja con su bebé, quienes se quedaron a vivir de forma obligada en su vivienda y lo sometieron a los tratos más crueles que se puedan imaginar. Convirtiendo su hogar en un infierno.
Esta pareja dejaba a José Gregorio en la calle, no le permitían dormir en su casa, una situación que molestó a los vecinos de la zona, quienes fueron a reclamarle a los inquilinos y estos, viendo que nos les favorecía dejar en la intemperie a la víctima, lo encerraron en su cuarto. Fue en ese momento en que su martirio aumentó. Los verdugos del infortunado no le daban de comer, lo obligaban a hacer sus necesidades en su cuarto, lo torturaban verbalmente y presuntamente lo dopaban con pastillas.
José Gregorio no podía creer lo que le estaba ocurriendo. Su vida se había convertido en una desdicha, en manos de dos enviados de un demonio.
El demonio detrás de la tragedia
Martha Álvarez, de 55 años de edad, quien era hermana de José Gregorio, falleció en Abril tras padecer complicaciones por un cáncer de mama y Zika. Fue en ese momento, en que su pareja llamado Elías José Rivas, aprovechó para hacerse cargo del apartamento de la fémina, situado en Ciudad Mariche, Miranda y el de la Cota 905.
Por ello, Rivas le impuso a José Gregorio los dos inquilinos “para apoderarse de las propiedades”, así lo manifestó una vecina de la víctima.
El occiso sufrió en carne propia los embates de un perverso, quien en paralelo causaba pesares a su madre llamada Mercedes Pérez, de 86 años. Ella quedó con Elías Rivas-tras la muerte de su hija-en el apartamento de Ciudad Mariche.

Mercedes estuvo encerrada por varios meses en Ciudad Mariche, bajo el yugo de Elías, quien la llevaba solo a cobrar su pensión para quitarle su dinero. Ella aprovechaba esa oportunidad para lanzar papelitos con mensajes de ayuda en la calle, pero este sujeto se dio cuenta y la amenazó con cortarle los brazos con un machete si lo volvía a hacer.
Tras la muerte de José Gregorio, los vecinos denunciaron el hecho ante los funcionarios de la policía municipal de Sucre (PoliSucre), quienes se activaron para buscar a Mercedes, logrando rescatarla.
La mente maestra del infierno que vivieron hijo y madre desapareció al igual que los inquilinos macabros.
La víctima no pudo tener hijos, casarse, seguir con su sueño de baterista porque su vida terminó fatídicamente. Solo queda el consuelo de su madre de hacer justicia.
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